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martes, 16 de septiembre de 2014

Educación, Formación,… Discipulado!

Cada hombre que viene al mundo es algo absolutamente nuevo que se presenta a la realidad, se hace existente. Dicha existencia no es transmisible, algo que pase de padres a hijos. El contenido genético es lo único que pueden entregar los padres, pero que no determinan el “yo persona”. El hijo es un nuevo ser que se descubre “yo” a sí mismo.

Ha surgido un nuevo tú (1) que tendrá que auto determinarse a sí mismo o, más aún, descubrir su verdadera y propia identidad en medio de una civilización degradada a una comunicación monologal rebosante de información de tipo anónimo (2) que más que contribuir a la búsqueda y desarrollo de la identidad del “yo persona”, arrastra a la dilución y pérdida del yo en un ensimismamiento egocéntrico propiciado por tales situaciones.

Por dicho motivo me he propuesto publicar una serie de artículos que nos permitan entender los aspectos de la realidad a la cual hago alusión, y de la que más adelante daré mayores características. Pero lo que en verdad es importante y es, por supuesto, a lo que dedicaré mis esfuerzos y palabras, el modo adecuado y los factores más relevantes substancialmente de este peregrinaje hacia el auto conocimiento descubriendo mi “yo conciente” como un “otro” del resto que conlleva en sí mismo una esencia, “ser personal” más accesible y a la vez único; más trascendente y a la vez cercano, de lo que los conceptos comunicacionales de la sociedad actual pretenden reducir.

Un elemento imprescindible para ello será la escucha empática en los formadores que, teniendo en cuenta, estos, dicha coyuntura, deberán encontrar herramientas que ayuden a los formandos a salir del desértico yo motivándolo a entrar en un tú que, enriqueciéndolos cognitiva y experiencialmente, ayude a aclarar su propia identidad, su yo persona, la realidad de su cuerpo sentiente. Y esto mis queridos lectores es lo que pretendemos propiciar en estas sucesivas entradas.




¿Educador, formador, Maestro?


Hay en el hombre un misterio que se siente, pero del que la razón no alcanza a dar razón. Todo intento del hombre de autodefinirse a sí mismo, con las fuerzas de la sola razón y su ciencia, no produce resultado. Es evidente que no basta una buena base antropológica para formar al hombre, “aquello que se nos presenta en frente”, sino que se necesita un criterio de valores universales, amor, verdad, justicia, libertad; y mirar al hombre como una unidad de cuerpo sentiente y alma espiritual. Únicamente el formador que sabe acercarse al educando, poseyendo el criterio y mirada ya mencionados, con una visión sobrenatural, es capaz de formarlo como hombre verdadero e íntegro.

Todo hombre que, habiendo creído encontrar en sí mismo, en su propia razón, el conocimiento necesario para su autodeterminación, no alcanza el pretendido resultado; se reconoce necesitado de un otro, “tú, él”, persona, cuya presencia y experiencia enriquece y abre camino al conocimiento del “yo persona”.

Puesto que no es ajeno comprender las dificultades que implican las mencionadas experiencias y que existe, si no en el conocimiento experiencial, ni en las categorías más específicas espirituales del propio credo, sí en la conceptualización sobrenatural del imaginario colectivo el cual es el “Alter” trascendente de modo divino frente al cual nos interpela de tal modo que su sola otreidad nos arranca del ensimismamiento egocéntrico en el que estamos sumergidos para alcanzar al fin el conocimiento de lo substancial de nuestro ser individual, de nuestro “yo personal”. Frente a tal Maestro se encontrará un Discípulo.

1 Cf. Víctor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991.

2 Cf. H. Gadamer, Verdad y Método II, Sígueme, Salamanca, 1998, 210.





lunes, 21 de mayo de 2012

"La Clase" Pélicula Francesa (Entre les Murs)



Escrito por Miguel A. Delgado el 15.01.09 a las 23:54

Despierta envidia cómo el cine francés ha sido capaz de hacer de los problemas del sistema educativo el eje central de algunas de las cintas más interesantes de los últimos años (“Hoy empieza todo”, “Ser y tener”). Sobre todo, cómo las diferentes aproximaciones comparten una mirada que intenta rehuir los clichés para enfocar su lente sobre los profesores y su relación con los alumnos. Ya ocurrió en la segunda de las mencionadas, pero esta capacidad de escrutar lo que sucede dentro de un aula es llevada al extremo en “La clase”: las escenas que transcurren fuera de ella son muy pocas, y casi inexistentes las que suceden fuera del instituto. No hay propiamente una línea argumental, una historia convencional con principio, nudo y desenlace. Comienza con el primer día del curso y termina con el último, pero lo que sucede entre medias no es tanto la crónica de un avance, de un aprendizaje, como el relato minuto a minuto de una lucha constante de un profesor que cree en la enseñanza sin castigos, y un alumnado compuesto por un aluvión de chicos de múltiples procedencias étnicas y que, en algunos casos, ni siquiera son capaces de expresarse correctamente en francés.


Por todo ello, la película decepcionará a quien busque una narrativa en la que, además, se ofrezca un respiro en el que conozcamos hechos de la vida cotidiana del protagonista, el profesor real que escribió el libro original sobre sus experiencias y que fue base del guión. Pero, sin duda, disfrutará quien quiera presenciar en primera fila un combate constante, en el que este maestro no puede bajar la guardia en ningún momento para así evitar caer en las trampas que constantemente le tienden sus pupilos, buscando la manera de interesarles en el estudio de materias que, asumen ellos, no les servirán de nada (memorable el momento en el que los chicos protestan por tener que aprender a conjugar en subjuntivo, una pérdida de tiempo porque “ya nadie habla así”).


Esa lucha incesante hace que, si uno entra en el juego, asista a la sucesión de instantes arañados del curso escolar con la sensación de estar siempre rozando la catástrofe (no es de extrañar que algunas situaciones tengan consecuencias indeseadas). Pero lo más importante es que nadie aquí es de una pieza: el profesor aparece como una figura heroica, sí. Pero también investida de una humanidad que hace que no sea inmune a errores capaces de arruinar, en dos segundos, el escaso rédito acumulado durante meses de trabajo. Lo mismo sucede con unos alumnos (extraordinarios todos ellos, pese a tratarse de actores no profesionales), capaces de granjearse nuestra simpatía a través de sus problemas domésticos, o desesperarnos por su obcecación en seguir el camino equivocado que les expulse de la partida.



De la misma forma, cualquier alianza entre los alumnos y el profesor se revela como frágil y fácilmente quebradiza, porque este último termina solo frente a ellos, frente a sus mismos compañeros y a la dirección. ¿Lo mejor de la cinta? Que no tiene ninguna moraleja, que abre multitud de puertas sin ofrecer una solución, pero inevitablemente plantea una discusión ante los retos de una sociedad cambiante. Esto, en el caso francés, llega incluso a poner en cuestión valores que hasta hace poco se consideraban inatacables, como la propia conciencia nacional. “La clase”, así, se convierte en una de las películas más lúcidas, adultas y apasionantes en mucho tiempo sobre un tema tan tergiversado y simplificado por el cine como es el educativo.